
Un viaje puede asumirse desde una doble perspectiva. Por un lado, puede plantearse desde una visión aventurera e iniciática, como una partida hacia lo desconocido esperándo encontar cosas, lugares o personas que desconocíamos totalmente y de las que carecíamos de referencias previas.
Pero también puede plantearse desde una posición radicalmente opuesta -y a la vez complementaria-, como una búsqueda de referencias, de esos lugares comunes ya conocidos, que forman parte del imaginario propio y que se incorporaron a nuestras vidas en diferentes momentos gracias al relato que otros hicieron de ellos.
Aquí viajar es volver a leer, oir, ver y sentir lo que otros ya nos describieron y súbitamente, como por arte de magia, reaparecen Hergé, Hugo Pratt y Giraud (Moebius); Melville, Conrad y Verne; Carter, Scott, Shackleton, Irvine y Mallory; y otros muchos... y de repente nos encontramos buscando todos esos lugares comunes, ya visitados a través de páginas y páginas, tratando de adivinar, de ver, de oir, de respirar todo aquello que en algún momento llenó nuestras vidas de aventura; y sino, anhelando dichos lugares y rastreando cualquier exposición que nos acerque más o menos artificialmente a ellos. Y desde esta visión todo cobra sentido, Tintín y Sildavia, el mundo perdído de la Atlántida, Sangri-La, el Cabo de Hornos, el Mar...
Una reciente visita al País Cátaro motiva este comienzo. No importan las piedras, sino lo que subyace bajo ellas. No importa el viaje, importan los compañeros de camino.
